Las manifestaciones de la ausencia
por
Luis Ignacio Sáinz

Irma Grizá fatiga los senderos de la expresión. Los suyos y los de otros. No puede evitarlo. Se levanta como testigo de un empeño: atrapar los predicados del mundo, pillar sus instantes, establecer armonía con su entorno. Antes lo intentó en la geografía de los objetos, en ese territorio amenazante de la figuración; ahora con un dejo de nostalgia todavía presente por las cosas y los seres que moran y transitan en sus composiciones, al modo de una veladura o una incidencia cromática, vibra en los registros abstractos. Y su tránsito es auténtico, no lo hace como si se tratase de un género; más bien no tiene, al menos por el momento, otro remedio. Su ansia por comunicar sentido y sensación la impulsa a intentar una y otra vez los medios de creación y diálogo a su alcance: las telas, los papeles, las tablas. Soportes que engullen los pigmentos convirtiéndolos en núcleos interpretables, en ideas cálidas, en emociones comprensivas.
Semejante esfuerzo lo asume admitiendo la amonestación crítica de Francisco de Quevedo y Villegas lanzada a los que piensan que lo saben todo: “llorarles el seso”, estrujarlos en su inconciencia, macerarlos en su falta de entendederas, olvidarlos en su sinrazón. Así, quizá sin planteárselo de manera formal, la artista termina por no ver a los otros, “haciendo una taracea de mullidores” tal como son (des)calificados en El mundo por de dentro, concentrándose en pintar para sí, y sólo entonces poder convidarse a su circunstancia social y fenoménica. Pero a pesar de ello, la obra es una pica en Flandes, un testimonio efectivo, reconocible, de que quiere –como sujeto- ser percibida como portadora de un “algo” transmitible. Darse en la imagen, darse en la palabra, darse en la nada, darse en el silencio, porque se sabe relativa y renuncia a ser profeta o impostora. Se guarece en la superficie de su propia fábrica, alcanza su ser último en los trazos que despliega y los colores que aglomera, y en la intersección de unos y otros se nos ofrece una imaginería al reconocimiento intelectual y a la consideración sensorial. El arte como naturaleza impuesta; desconoce otras latitudes de existencia que no sean las de su visualidad material.
En Corriente alterna Octavio Paz señala un par de rasgos estructurales de lo específicamente moderno: primero, “Quizá en nuestra época el artista no puede convocar la presencia. Le queda el otro camino, abierto por Mallarmé: manifestar la ausencia, encarnar el vacío”; y después, “Hay que confesarlo: la naturaleza acierta más en la abstracción que en la figuración”. Perdida la ilusión del saber positivo consistente en suponer la representación de lo real y sus componentes, habría que situarse en la otra orilla para atisbar los finos hilos que tejen su esqueleto: enunciar su falta, renegar de la arrogancia predicativa que nos impone una forma de ser del mundo. Negación doctrina, proliferación de los usos y los significados, incorporación de los fantasmas, triunfo de la fragilidad, fenómenos y procesos que se evidencian en la imposibilidad de retratar el instante o de apresar el movimiento. Por eso Irma Grizá fluye, va y viene, se desplaza sin pausa, pues está buscándose a través de sus manifestaciones icónicas consciente del riesgo de no concluir jamás tan agotador –y fértil- cometido. Lo encara con inteligencia y elegancia; lo emprende “con ton y con son”.
Los cuadros manifiestan ritmo y un toque de alegría, en su muy simplificada paleta desafían el enunciado del fin de la pintura; son “resistencias” al hiperintelectualismo pesimista que cree que todo pasado fue mejor. Se levantan como protestas objetivas, son clamores de vida y sensualidad, llamadas de atención para no sucumbir a las tentaciones de un nihilismo exasperante que, en bastante medida, define el clima cultural de nuestros días. Permiten ser abordados de maneras diferentes y hasta encontradas, su taxonomía trasciende lo forense hundiendo sus raíces en una actitud celebratoria y festiva. Quizá carecen de kerygma, de intencionalidad precisa y contenido único; empero, poseen algo más importante: libertad. Y esta calidad es dual, emana y cristaliza su origen, la artista, y resulta posibilidad de análisis, disfrute y atribución para su destino, el espectador.
Se trata de una relación abierta, sin orientación específica; al final, el observador cerrará el periplo o continuará el itinerario. En todo caso la responsable de la miscelánea óptica está dispuesta a acompañarnos en el viaje, abdicando a la función de guía iluminadora. Ella aporta imágenes que son pensables y descifrables por quien las ve; en ningún momento o desde ninguna perspectiva pretende o se afana en conducir el proceso de “digestión”. Al pintar ha cumplido con creces su responsabilidad y también su deleite, ya que en más de un sentido lo hace para ella misma; por su parte, el hecho mismo de observar le impone al sujeto el imperativo de meterse lo visto por los poros de la piel y, acaso, reflexionar sobre las eventuales implicaciones de lo creado. Cada quien tiene su encargo y como sostenía Jorge Luis Borges. “Un destino no es mejor que otro y cada cual debe asumir el que lleva dentro”.
Desaprender la figuración por haberla extenuado y adentrarse en las posibilidades de las formas y su simbolismo demanda cierto grado de heroicidad, pues sino ¿cómo calificar la decisión de renunciar a la comodidad de un modo expresivo ya dominado para desde los atisbos de su personalísimo quehacer correr el riesgo inmenso de refundar su posición estética? Si como quiere Paz lo genuino tiende a identificarse con aquello que se encuentra en proceso de formación y será en esta dirección que la motilidad se erija en baluarte y emblema del ser y su existencia, devendría lógico pensar que a Maurice Blanchard le asiste la razón cuando afirma en Les barricadas mysterieuses que: “Le genie c’est l’etat foetal retrouvé”. Aquí reside justamente la operación que acomete con éxito Irma Grizá: agotar la mimesis y sus declinaciones, estrujar los objetos hasta descomponerlos y proceder con naturalidad al territorio de los apuntes y los contrastes, donde las fronteras entre la realidad y la fantasía diluyen sus fronteras. Atavismo primigenio recuperado, renovación del principio, actualización del origen, que revelan la autonomía conquistada por nuestra artista más allá de la hegemonía de los ismos.
Una operación de este calibre exige que con la misma intensidad se funden y cohesionen en el ser expresivo del creador la dimensión sensible, intuitiva y artesanal con aquella otra dedicada a pensar y repensar los problemas compositivos y sus soluciones mentales. No bastaría para ofrendar una iconografía consistente y reconocible, es decir referida a un estilo concreto y un modo particular de representación y enunciación, disponer de un arsenal de imágenes de lo ya visto, la cultura en materia de historia del arte; surgiría en calidad de imperativo contar además con la solvencia física, las ansias y las habilidades prácticas, para intervenir y reconvertir las superficies en “datos” o “anécdotas” que muevan o inhiban el ánimo de aquél que posa su mirada en dichos manjares plásticos. Desde 1919 en Pintura metafísica, Carlo Carrá registró las aristas de este singular dilema al enunciar: “Un cierto instinto es desde luego la primera necesidad que hace al pintor: pero es preciso dominarlo y paso a paso transformarlo de fuerza impura en clara conciencia; sin lo cual no se llega al arte, porque su realidad niega cualquier ‘movimiento informe’ en su histórica inmanencia. Y ello confirma la sentencia según la cual no basta la sensibilidad para el acto creativo”.
Los resultados del trabajo de taller de los diferentes artistas muestran una tensión dinámica entre los polos de la ecuación planteada. Así, en ocasiones se impone un enfoque intelectual en la solución de la obra, mientras otras veces será la gestualidad el toque que domine la composición. Este vaivén se presenta en todo discurso estético, en el universo de cada artista, pues se carece de una profilaxis compartida que facilite el despliegue del proceso creativo. Quizá sea esta fragilidad lo que explique que la autenticidad del pintor se manifiesta más en la búsqueda permanente de soluciones que en lo logrado de las propias soluciones. Se atendería más al proceso vertebrador que a sus resultados aislados. Irma Grizá lo sabe y no lo padece; al contrario, tiene la claridad de comprender que es precisamente esta complejidad lo que detona el “éxito” de sus propuestas icónicas, la adopción de sus tratamientos matéricos.
Y el debate entre sensibilidad y entendimiento lo va zanjando casuísticamente, admitiendo que cada pieza debe ser objeto de un tratamiento único y singular. Los títulos que adosa o imposta a su pintura funcionan a manera de pistas y huellas, tan es así que en algunos se obvia la referencia literaria bautizándoles solo como lo que son, Pintura No. 1, 2 ó 3; en tanto otros sí reciben una codificación formal, oscilando entre el influjo poético y la denotación simple: Sueño transparente, Remembranza, Invenciones, Reflexiones, Tierra socavada, Astrónomos, Águila solar, Pedernal, Piscis, Engranaje, Propela. Uno a uno los fragmentos de esta exposición enfatizan la cuantiosa inversión de tiempo que les ha dedicado: en el estudio y el acopio de información que los genera, con especial énfasis en su compulsión por el pasado prehispánico patente en los últimos años; en la intervención disciplinada cuando traza y corrige, mezcla y aplica pigmentos, fondea o imprime veladuras. Lo que sí articula su producción es una rara y muy apreciada característica: la generación de espacio dentro del espacio, la profundidad casi táctil que logra en la bidimensionalidad precaria, el equilibrio que guardan la forma, el contexto y el color. Todo para insistir junto con Gilberto Owen que: “La luz miniaturista seguirá dibujando / sus intachables árboles, sus pájaros exactos, / ¡pero sobre mi frente no han arado en el mar tantas tinieblas!”.