Serenidad y sosiego en la obra de Irma Grizá
por
Luis Ignacio Sáinz

De variada intensidad, los lienzos de Irma Grizá se desplazan en los confines de una abstracción cada vez más serena y gozosa. Sin aspavientos y con naturalidad han cesado de buscar razones más allá de los límites de las superficies intervenidas, ahora encuentran sus motivos y apetitos en una continuidad directa o automática entre la percepción de la creadora y las modalidades de su expresión formal. Ello permite que, al modo de una paradoja, su iconografía se expanda al minimizarse y contraerse; así, sólo permanece lo esencial.
Su entrega al blanco y sus matices infatigables apenas interrumpidos por un dejo cromático aislado, nos permite atisbar el sentido de la vacuidad, lo decisivo que resulta la nada aparente para compulsar el impacto y valor estéticos de algún rasgo cargado de color. En ocasiones un azul voraz en equilibrio inestable con un sinuoso recorrido ocre, como en Áncora, Frecuencias, Resonancia, Neo o La hora blanca, nos impone un diálogo y quizá una analogía, con trabajos de Lilia Carrillo que –sin el menor asomo de duda o recato de mi subjetividad- siguen representando lo mejor de nuestra plástica; mientras que otras obras como Un muelle Baraka, Esquema espacial, Concertante, Día dos, Esquema o, sobre todo, Mogador, más definidas y atingentes a objetos precisos o anécdotas reconocibles, rinden tributo a Cordelia Urueta, el otro astro solitario de nuestra pintura que espera, todavía, su pleno reconocimiento.
Y lejos del simplismo cifrado en semejante enunciado, no me parece de poca monta el empeño postulado por nuestra artista: un quehacer sígnico, pictórico, con dirección y referencia a valores inequívocos como los cadáveres de lujo mencionados. Tal ejercicio habla bien de Irma Grizá, pues revela generosidad y solvencia, empatía con figuras nucleares de nuestro almacén de representaciones y oficio sobradísimo para resolver los retos que le plantea cada tela y cada trazo
Pintora que se renueva en su propia madurez, capaz de predicar su inserción en la realidad y convidarnos las lecturas múltiples y cambiantes que formula de ella, sin sucumbir a las tentaciones de la banalidad imperante o a las provocaciones estériles de la competencia. No persigue un sitial, sabe de sí, desde lo profundo, de sus habilidades y afecciones del alma; se conoce y por ello mismo escucha sus voces íntimas sin atender a los ruidos del medio, que suelen ser mezquinos. Investiga, arriesga y fabrica visiones objetivas, materialmente existentes, desde sus miradas particulares e irrepetibles, propias de quien posee talento, disciplina y educación sentimental. No está aislada o sumida en una artificial soledad; al contrario, disfruta del instante y lo duradero; suma, jamás resta; y en sus trabajos y sus días la envuelven los sonidos amorosos de Eduardo Gamboa, su imprescindible músico privado.
¡Qué placer provoca devorar sus telas y cuánta seducción deviene de su observación meticulosa y compulsiva!. Con su pintura, Irma Grizá ha hecho de nosotros, sus espectadores, dóciles y agradecidos cautivos, encerrados para nuestra fortuna en la magia de sus constelaciones.