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La Silla es el Pretexto, homenaje a Luis Barragán por Alfonso Alfaro |
| Una silla vacía evoca siempre una ausencia. Una ausencia evocada no es siempre el signo de una pérdida: porque hay sombras lejanas y ecos casi extintos capaces de producir gozos de gran intensidad, tenues rescoldos tan cálidos y luminosos como un fuego perenne. |
| A esta categoría pertenecen las amistades de infancia, los afectos cómplices, los amores tan largos y tan hondos que han llegado a modificar la forma de nuestros labios y de nuestro corazón. |
| Pueden, por eso, existir oquedades sin duelo, añoranzas suaves y gratas, lazos tan firmes que no admiten duda acerca del reencuentro. |
| Un objeto es el emblema de esta seguridad tranquila, de esta ausencia donde no cabe la zozobra: la silla simple, doméstica y cotidiana, cuyos materiales, cuya forma, la hacen tan discreta; habitualmente invisible a causa de su continua familiaridad. |
| Su respaldo y sus brazos, que han acogido tantas veces el cuerpo amado, receptáculos siempre dispuestos a ofrecer paz y reposo, ofrecen benévola compañía, y callada, que alienta al abandono, al ensueño, a la conversación. Y también a la plegaria. Las sillas con que Luis Barragán proveyó sus moradas son esos muebles sin pretensión alguna que forman el haber de una casa campesina, pero también los que, bajo la umbrosa magnificencia de las bóvedas ojivales iluminadas sólo por los destellos de gemas que llamean en los vitrales de las iglesias góticas, dan la bienvenida a feligreses y peregrinos. |
| Gracias al equilibrio de sus planos abiertos, a sus líneas escuetas, a su composición estrictamente perpendicular, estos objetos de arte aportan a los días banales y minuciosos de la gente pequeña –y a los días privilegiados de los artistas- el mayor de los lujos: el de la armonía. |
| La silla no es un mueble universal. En la mayor parte de las sociedades arraigadas a la tierra y a la tradición, las disposiciones naturales para el reposo del cuerpo en vigilia son las cuclillas o las posturas afines, como las que adoptan los japoneses o los beduinos para compartir los alimentos. En Occidente ha sido durante milenios signo de autoridad, marca de género (las palabras sede, presidencia... tienen en ella su origen etimológico). Hasta el siglo XVII, la costumbre señorial en el mundo hispánico reservaba su estructura (rígida, austera) a los varones, mientras que las mujeres solían instalarse en alfombras y cojines. |
| Hoy, en nuestra sociedad, la silla no refiere ya a tales códigos, y eso ha acentuado su silencio y su discreción, su aparente trivialidad. Y sin embargo algunos sujetos de la especie recelan una riqueza de signos que pocas veces sospechamos. |
| Los artistas tienen la misión de revelarnos la escondida belleza que anida en las cosas que hemos dejado de ver; de crear realidades nuevas donde pueda expresarse la voz libre y jubilosa de las formas. |
| Irma Grizá nos permite atisbar la secreta vida interior de estos objetos que nuestra sensibilidad poco alerta hace creer inanimados; nos recuerda la dimensión escultórica (es decir material, volumétrica, y también lúdica, gratuita, de estos muebles cuya única función parece ser utilitaria). |
| Atrapada en la seducción del arte de Barragán, que logra transmitir a algunos artistas dotados de un oído particularmente fino los íntimos clamores de los recintos y de las cosas, Irma ha realizado, a su vez, una obra capaz de suscitar en nosotros vibraciones interiores de la misma naturaleza. |
| Estas telas propician un diálogo vehemente, al que sólo podemos asistir como espectadores, entre las sillas representadas (sobrias, exquisitas, dotadas de la intensidad plástica que les otorga su presencia en una superficie plana y en el territorio de la figuración, donde las formas son la única substancia), y las otras, tridimensionales, que habitan en nuestros aposentos. |
| Los murmullos de esa conversación, como los que se escuchan al pasar cerca de los espejos, nos permiten aguzar la conciencia sensible y detectar las imprecisas fronteras que existen entre la materia y el alma de las cosas y también entre nuestras percepciones y el entramado de los sueños. |
| Luis Barragán fue un hombre cuya vida fue consagrada a escudriñar los enigmas de la claridad y del espacio, de la textura y del color, que, en el fondo, no eran quizá más que metáforas de otra búsqueda, más profunda, donde trataba de dilucidar las claves de un misterio mayor: el que regula las relaciones de la contingencia y la trascendencia. Él edificó su obra con el propósito de dar cuenta de una presencia inaccesible y escurridiza (la belleza pura, el amor perfecto, el absoluto), para propiciar sus epifanías. Sus espacios fueron construidos para seducir a la luz, para acoger el sosiego, para alentar la llegada del soplo del Espíritu. |
| Al formular un homenaje a este proyecto estético y al artista que le dio vida, Irma recurre a instrumentos análogos a los que empleó el arquitecto: el regocijo luminoso, la intensidad cromática, la sobriedad, el contraste; construye espacios para celebrar el blanco o el amarillo, crea atmósferas donde el azul y el rojo consiguen la gracia de la plenitud. Estas telas nos ofrecen composiciones que aluden, que sugieren, que callan; presencias humanas jamás explícitas pero siempre cercanas gracias al poder de evocación que las anima. En ellas el júbilo tiene los tintes de la mesura, y la ausencia es sólo uno de los rostros de la esperanza. |
| Barragán logro construir espacios capaces de propiciar uno de los estados más altos que pueden desear los seres humanos: la serenidad. Irma, en este festín de agradecimiento al artista que ha iluminado, como la de ella, tantas vidas, nos entrega también un regalo del mismo género y especie: una obra donde podemos escuchar, de manera simultánea, la palabra vibrante de las cosas y el eco sutil de los afectos. |